El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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sin llevar el pasaporte,

ni carta, ni contraseña.

—¡Eh! ¿Qué dices de este acuerdo, ciudadano? Me parece que es galante.

—Sí. Pero no me parece decisivo. En primer lugar, no figura en el Moniteu; más aún, no estamos ni en el Pindó ni en el Parnaso; además, no es de día; y por último, la ciudadana tal vez no es joven, ni bella, ni graciosa.

—Yo opino todo lo contrario —dijo Lorin—. Veamos, ciudadana, demuestra que tengo razón, baja tu toca y que todos puedan juzgar si reúnes las condiciones del decreto.

Pero la mujer se estrechó contra Maurice, suplicándole que la protegiera de su amigo como lo había hecho con sus enemigos y, al escuchar las sospechas del jefe de los voluntarios sobre su condición de espía aristócrata, bribona o ramera, se descubrió un momento el rostro para que Maurice pudiera verlo. El joven quedó deslumbrado; jamás había visto nada parecido, y pidió a Lorin, en voz baja, que reclamara a la prisionera para conducirla a su puesto. El joven cabo comprendió su intención y ordenó a la mujer que le siguiera, pero el jefe de los voluntarios se opuso, alegando que la prisionera le pertenecía.

—Ciudadanos —dijo Lorin—, nos vamos a enfadar.


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