El caballero de la casa roja

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El club rebosaba de gente. Sin embargo, a fuerza de codazos, Morand consiguió deslizarse hasta una tribuna, y lo primero que vio, fue la alta talla de Maurice, de pie en el banquillo de los acusados, y aplastando con su mirada a Simon, que estaba perorando.

—Sí, ciudadanos —gritaba Simon—; sí; la ciudadana Tison acusa al ciudadano Lindey y al ciudadano Lorin. El ciudadano Lindey habla de una florista sobre la que quiere hacer recaer el crimen; pero yo les prevengo por anticipado que no se encontrará nunca a esa florista; esto es un complot urdido por una sociedad de aristócratas que se pasan la pelota unos a otros, como cobardes que son. Ustedes han comprobado que el ciudadano Lorin había levantado el campo cuando se han presentado en su casa. Bien, pues lo mismo que a la florista, no se le volverá a encontrar.

—¡Mientes, Simon! —dijo una voz furiosa—. Se le encontrará, porque está aquí.

Y Lorin hizo irrupción en la sala.

—Déjenme paso —gritó empujando a los espectadores—. Paso.

Y fue a colocarse junto a Maurice.

Esta entrada de Lorin, hecha tan naturalmente, pero con toda la franqueza y el vigor inherentes al joven, produjo gran efecto en las tribunas, que se pusieron a aplaudir y a gritar bravo. Maurice se contentó con sonreír y tender la mano al amigo.


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