El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Llegaron los zapadores y las hachas comenzaron a separar las planchas de madera. Veinte cañones de fusil apuntaron a la abertura que crecía segundo a segundo. Pero, por la abertura no se vio a nadie. El oficial encendió una antorcha y la lanzó a la cueva, que estaba vacía. Entonces se levantó la trampa, que cedió sin ofrecer la menor resistencia. El oficial se lanzó por la escalera y gritó:
—Seguidme.
La pared de la cueva estaba hundida; numerosos pasos habían apisonado el suelo húmedo, y un pasadizo de tres pies de ancho y cinco de alto se abría en dirección a la calle Corderie.
El oficial se aventuró por el agujero, decidido a perseguir a los aristócratas hasta las entrañas de la tierra; pero apenas avanzó tres o cuatro pasos, se vio frenado por una reja de hierro.
—¡Alto! —dijo a los que empujaban por detrás—. No se puede ir más lejos: hay un impedimento físico.
Los municipales, tras encerrar a las prisioneras, acudieron a la cueva para enterarse de lo que sucedía. El oficial les explicó que los aristócratas pretendían llevarse a la reina durante el paseo y que ella, probablemente, estaba en connivencia con ellos.
—¡Peste! —gritó un municipal—. Que se avise al ciudadano Santerre y se prevenga al ayuntamiento.