El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Al final del muelle Mégisserie vio un grupo del que surgían picas y bayonetas; le pareció distinguir en el centro un uniforme de guardia nacional, y echó a correr hacia allí.
El guardia nacional capturado por la cohorte de marselleses era: Lorin que, pálido, con los labios apretados, la mirada amenazadora y la mano en el puño del sable, calculaba los golpes que se disponía a dar. A dos pasos suyos reía ferozmente Simon y le señalaba diciendo:
—Mirad; ese que veis ahí es uno a quien ayer he hecho arrojar del Temple por aristócrata; es uno de los que favorecen la correspondencia de claveles. Es el cómplice de la hija de Tison, que va a pasar ahora. ¿Le veis? Se pasea tranquilamente por el muelle mientras su cómplice va a la guillotina; y quizás ella era más que su cómplice, quizás era su amante, y él ha venido para decirle adiós o intentar salvarla.
Lorin desenfundó su sable al tiempo que la gente se separaba para dejar pasar a un hombre que apartaba a los espectadores con la cabeza gacha.
—Enhorabuena, Simon —dijo Maurice—. Sin duda lamentabas que yo no estuviera junto a mi amigo para hacer tu papel de acusador por todo lo alto. Denuncia, Simon, denuncia; aquí me tienes.