El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Lorin sonrió, estrechó la mano de Maurice y salió. Este abrió su ventana para enviar a su amigo un triste adiós; luego, se dejó caer en un sofá y se quedó adormilado. Le despertó la entrada de su criado que le puso al corriente del intento de evasión de la reina llevado a cabo por el caballero de Maison-Rouge, como se decía en la calle. Las explicaciones de Agesilas eran muy confusas, se mezclaban en ellas lo verdadero y lo falso, lo posible y lo absurdo. Sin embargo, Maurice pudo llegar a una conclusión: todo partía del clavel que se había dado a la reina ante él mismo, comprado por él a la desgraciada florista. Este clavel contenía el plan de una conspiración que acababa de estallar.

En ese momento se aproximó un ruido de tambores, y Maurice oyó gritar en la calle:

—¡Gran conspiración en el Temple descubierta por el ciudadano Simon! ¡Gran conspiración en favor de la viuda Capeto descubierta en el Temple!

Maurice pensó en Lorin, que en medio de esta exaltación popular, iba a intentar tender la mano a la muchacha, exponiéndose a ser despedazado.

Cogió su sombrero, se abrochó el cinturón del sable, y en dos saltos se puso en la calle, dirigiéndose a la Conserjería: donde pensó que estaría su amigo.


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