El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Ellos no pensaban en su salvación, pero otro pensaba por ellos. Un jovencito de veinticinco o veintiséis años, de ojos azules, que manejaba con destreza y ardor infinitos un sable de gastador, se situó junto a ellos y les dijo señalando la puerta que había dejado abierta:
—Huyan por esa puerta; lo que nosotros hacemos aquí no les atañe y les compromete inútilmente —y al ver que los dos amigos dudaban, gritó—: ¡Atrás! No queremos patriotas con nosotros; municipal Lindey, nosotros somos aristócratas.
Ante esta audacia de acusarse de algo que equivalía a la sentencia de muerte, la gente lanzó un grito. Pero el joven rubio y tres o cuatro de sus amigos empujaron a Maurice y a Lorin hacia la puerta, cerrándola tras ellos; luego, volvieron a mezclarse en la pelea, que había aumentado por la proximidad de la carreta.
Maurice y Lorin, salvados tan milagrosamente, se miraron asombrados. Todo parecía preparado de antemano; entraron a un patio, y al fondo de él encontraron una puertecilla disimulada que daba a la calle Saint-Germain-l’Auxerrois.
En ese momento desembocó del puente Change un destacamento de guardias, que desalojó rápidamente el muelle aunque en la calle transversal se escuchó durante un instante una lucha encarnizada.