El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Los guardias precedían a la carreta que conducía a la guillotina a la pobre Héloïse.

—¡Al galope! —gritó una voz—. ¡Al galope!

La carreta partió al galope, y Lorin distinguió a la desgraciada muchacha, de pie, con la sonrisa en los labios y los ojos fieros. Pero no pudo intercambiar con ella ni un gesto, y la joven pasó sin verle, entre un torbellino de gente que gritaba:

—¡Muerte a la aristócrata! ¡Muerte!

El ruido fue decreciendo al alejarse hacia las Tullerías. Al mismo tiempo, volvió a abrirse la puertecilla por donde habían salido Maurice y Lorin, apareciendo tres o cuatro petimetres sangrantes y con la ropa desgarrada. Probablemente era todo lo que quedaba de la pequeña tropa. El joven rubio salió el último.

—¡Esta causa está maldita! —dijo.

Y arrojando su sable mellado y sangrante se lanzó hacia la calle Lavandieres.


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