El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Capítulo XXX

El primer golpe había sido terrible, y Maurice había necesitado un gran dominio sobre sí mismo para ocultar a Lorin el trastorno que se había producido en su persona; pero una vez solo en el jardín, sus ideas se desenvolvieron más ordenadamente.

«Así que esta casa visitada a menudo con el placer más puro, no era sino una madriguera de sangrientas intrigas; la buena acogida a su ardiente amistad, hipocresía; el amor de Geneviève, miedo».

Maurice se deslizó por el jardín, de macizo en macizo, hasta quedar oculto a los rayos de la luna por la sombra del invernadero. En el pabellón de Geneviève, la luz no permanecía quieta, sino que iba de una habitación a otra. Maurice distinguió a la joven a través de una cortina medio levantada: Geneviève amontonaba a toda prisa sus objetos en una maleta, y el joven vio con asombro brillar unas armas en sus manos. Maurice buscó una altura desde donde pudiera ver mejor la habitación. Un gran fuego que brillaba en la chimenea atrajo su atención: eran papeles que Geneviève quemaba.

En ese momento se abrió una puerta y entró un joven. Maurice pensó que era Dixmer. La joven corrió junto al recién llegado, cogió sus manos y los dos se mantuvieron frente a frente, como si sintieran una viva emoción. Entonces, Maurice cayó en la cuenta de que no se trataba de Dixmer.


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