El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Encantado —dijo Maurice—. Pero no vayáis a desguarnecer el pasaje y venir sin que yo os llame. Todo lo que ocurra dentro lo veré desde el jardÃn.
—Entonces, ¿conoces la casa? —preguntó Lorin.
—Hace tiempo quise comprarla.
Lorin emboscó a sus hombres, mientras el agente de policÃa se alejaba con ocho o diez guardias nacionales para forzar la puerta principal.
Al cabo de un instante el ruido de sus pasos se habÃa apagado, sin haber despertado la menor atención en aquel desierto.
Los hombres de Maurice estaban en su puesto y se escondÃan lo mejor posible. Se hubiera jurado que todo estaba tranquilo y no pasaba nada extraordinario en la antigua calle Saint-Jacques.
Maurice comenzó a escalar el muro.
—Espera —dijo Lorin.
—¿Qué?
—La contraseña.
—Es cierto.
—Clavel y subterráneo. Detén a todos los que no digan estas dos palabras. Deja pasar a todos los que las digan. Esa es la consigna.
—Gracias —dijo Maurice. Y saltó al jardÃn desde lo alto del muro.