El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Entonces, coge dos pistolas.
—¿Y tú?
—Tengo mi carabina.
Lorin dio las órdenes y la patrulla se puso en marcha, precedida por un hombre vestido de gris, el cual la dirigÃa: un policÃa. De vez en cuando, una sombra se despegaba de una esquina o un portal y se acercaba al hombre vestido de gris para decirle algo: eran vigilantes.
Llegaron a la callejuela. El hombre de gris estaba bien informado y no dudó un instante en meterse por ella.
—Aquà es —dijo.
—¿Aquà es qué? —preguntó Lorin.
—Aquà es donde encontraremos a los dos jefes.
Maurice se apoyó en el muro, le pareció que iba a caerse de espaldas.
—Hay tres entradas —dijo el hombre de gris—: La entrada principal, esta, y una que da a un pabellón. Yo entraré por la principal con seis u ocho hombres; guardad esta con cuatro o cinco, y poned tres hombres de confianza en la salida del pabellón.
—Yo saltaré el muro y vigilaré desde el jardÃn —dijo Maurice.
—¡Estupendo! —dijo Lorin—. Porque asà nos abrirás la puerta desde el interior.