El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Lorin estalló en risas.
—¡Bueno! —dijo—. Estamos de pelotera con nuestra amada y esto nos produce ideas melancólicas. ¡Vamos, bello AmadÃs!, volvámonos hombres y de ahà pasaremos a ciudadanos; yo, en cambio, no soy mejor patriota que cuando estoy peleado con Artemisa.
Maurice se despidió de su amigo, que quiso retenerle y le pidió que reflexionara, pero el joven se mantuvo inflexible en su postura. Entonces le dijo Lorin:
—No te he repetido todo lo que me dijo Santerre cuando le he pedido que fueras el jefe de la expedición. Me ha dicho que tuviera cuidado contigo, porque venÃas muy a menudo a este barrio, el de Maison-Rouge.
—¡Cómo! —exclamó Maurice—. ¿Se esconde por aqu�
—Se supone, ya que por aquà vive su supuesto cómplice, el comprador de la casa de la calle Corderie.
—¿En qué calle? —preguntó Maurice.
—En la antigua calle Saint-Jacques.
—¡Ah! ¡Dios mÃo! —murmuró Maurice—. ¿Cuál es su profesión?
—Maestro curtidor.
—¿Y su nombre?
—Dixmer.
—Tienes razón, Lorin —dijo Maurice.
—Y tú actúas sensatamente. ¿Estás armado?
—Llevo mi sable, como siempre.