El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Me ha preguntado si estaba seguro de arrestar a los culpables; y le he dicho que sÃ, si participabas tú. A sus objeciones sobre tu tibieza de un tiempo a esta parte, le he contestado que no eras más tibio que yo, y que respondÃa de ti como de mà mismo. Luego, he pasado por tu casa y no te he encontrado; entonces, he tomado esta dirección; en primer lugar porque era la mÃa, y también porque es la que tú sigues habitualmente. En fin, te he encontrado y aquà estás: ¡adelante, marchen!
Cantando, la victoria Nos abre la barrera.
—Querido Lorin; estoy desesperado y no siento el menor placer en esta expedición; di que no me has encontrado.
—¡Imposible! Te han visto todos nuestros hombres.
—Bien. Di que me has encontrado y no he querido unirme a vosotros.
—Imposible también. Porque esta vez no serÃas un tibio, sino un sospechoso. Y tú sabes lo que se hace con los sospechosos: se les lleva a la plaza de la Revolución y se les invita a saludar a la estatua de la Libertad; sólo que en vez de saludar con el sombrero lo hacen con la cabeza.
—Lorin, lo que haya de ser será. Sin duda te parecerá extraño lo que voy a decir: estoy harto de la vida…