El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Cierre los ojos, Maurice, eso es todo lo que le pido; y le prometo que mi reconocimiento llegará tan lejos como puede ir el agradecimiento de una mujer.
—Yo cerrarÃa los ojos inútilmente, señora; la casa está rodeada y nadie puede salir sin la contraseña.
—Querido Maurice, dÃgamela, la necesito.
—¡Geneviève! —exclamó Maurice—. ¿Con qué derecho me dice: Maurice, en nombre del amor que te profeso, no tengas palabra, ni honor, traiciona a tu causa, reniega de tus opiniones? ¿Qué me ofrece usted a cambio de todo eso?
—Maurice, sálvele primero, y luego pÃdame la vida.
Maurice preguntó a Geneviève si amaba al caballero de Maison-Rouge.
—Le amo como una hermana, pero no de otra manera, se lo juro.
—Geneviève, ¿me ama usted?
—Maurice, le amo, tan cierto como que Dios me escucha.
—Si hago lo que me pide, ¿abandonará parientes, amigos y patria para huir con el traidor?
—Todo lo que quieras, te lo juro, ordena, yo obedezco.