El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Capítulo XXXIX

La paz no podía durar mucho tiempo en el nido de felicidad que cobijaba a Geneviève y Maurice. La joven salía de un sobresalto para caer en otro; no temblaba por Maison-Rouge, sino por Maurice.

La joven conocía lo suficiente a su marido para saber que, desde el momento en que había desaparecido, es que estaba a salvo; segura de su salvación, temblaba por sí misma; y aunque no se atrevía a confesar sus penas, estas aparecían manifiestas en sus ojos enrojecidos y sus labios descoloridos.

Un día, Maurice entró suavemente, sin que Geneviève se diera cuenta; él se detuvo en el dintel y miró con profunda tristeza a la pensativa joven. Luego, avanzó un paso hacia ella y dijo:

—A usted ya no le gusta Francia, confiésemelo. Huye hasta del aire que se respira y se aproxima a la ventana con repugnancia.

Geneviève confesó que le había adivinado el pensamiento.

—Sin embargo, es un hermoso país repleto de actividad, que hace más dulces las horas del hogar.

Geneviève sacudió la cabeza y dijo que era un país ingrato, y para confirmar sus palabras dijo:

—Usted que ha hecho tanto por su libertad, ¿no es hoy medio sospechoso?


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