El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja María Antonieta apenas durmió esa noche y, al día siguiente, dedicó a la oración gran parte de la jornada. Sus guardianes la veían rezar tan a menudo que no se inquietaron por este acrecentamiento de la devoción. De vez en cuando, la prisionera sacaba la lima de su seno y comparaba su debilidad con la fortaleza de los barrotes. Estos, felizmente, sólo estaban sujetos al muro por la parte de abajo.
La reina sabía que sus amigos estaban dispuestos a matar a los hombres que la vigilaban, los únicos que le habían mostrado compasión de un tiempo a esta parte. Reflexionaba sobre ello y el derecho que tenía a dejar que una mujer se sacrificara en su puesto.
«Ana de Austria no hubiera dudado, anteponiendo a todo el principio de la salvación de las personas reales —se decía—. Además, ¿no entrañará mi muerte la de ese pobre niño al que algunos aún consideran rey de Francia?».
La reina se debatía en un mar de confusiones y esperó la noche entre estas dudas y temores crecientes.
Había observado a sus guardianes repetidas veces: nunca habían tenido un aspecto tan tranquilo.