El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Cuando las tinieblas cubrieron el calabozo, cuando resonó el paso de las rondas, cuando el ruido de las armas y los aullidos de los perros despertaron el eco de las sombrías bóvedas, cuando toda la prisión se reveló espantosa y sin esperanza, María Antonieta, rendida por la debilidad inherente a la naturaleza femenina, se levantó asustada y decidida a huir.
Mientras tanto, Gilbert y Duchesne charlaban tranquilamente y se preparaban la cena. Al mismo tiempo, Dixmer y Geneviève entraban en la Conserjería y, como de costumbre, se instalaban en las oficinas. Al cabo de una hora, y siempre como de costumbre, el escribano del Palacio terminaba su tarea y los dejaba solos.
En cuanto la puerta se cerró tras su colega, Dixmer se precipitó hacia el cesto vacío depositado en la puerta. Cogió el trozo de pan, lo partió y encontró el estuche. Leyó las palabras escritas por la reina y palideció. Y como Geneviève le observaba, deshizo el papel en mil pedazos y los arrojó por la boca de la estufa.
—Venga, señora —dijo—; debo hablarle en voz baja.
Geneviève, inmóvil y fría como el mármol, hizo un gesto de resignación y se aproximó.