El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Señora, ha llegado el momento —dijo Dixmer—; escúcheme. Usted prefiere una muerte útil a su causa, una muerte que sirva para que la bendiga todo un partido y la llore todo un pueblo, mejor que una muerte ignominiosa y vengativa, ¿verdad?
—SÃ, señor.
—Yo hubiera podido matarla en el acto al encontrarla en casa de su amante, pero un hombre como yo, que ha consagrado su vida a una obra honorable y santa, debe saber sacar partido a sus propias desgracias consagrándolas a esta causa; eso es lo que he hecho, o mejor aún, lo que voy a hacer. Me he negado el placer de la justicia. He respetado también a su amante —algo como una sonrisa fugitiva pero terrible pasó por los labios de Geneviève—. Pero, en cuanto a su amante, usted que me conoce, debe comprender que sólo he esperado una oportunidad mejor.
—Señor, estoy dispuesta —dijo Geneviève—, ¿para qué tanto preámbulo? Máteme. Tiene usted razón.
—Prosigo —dijo Dixmer—. He prevenido a la reina; ella espera; sin embargo, según toda probabilidad, pondrá algunas objeciones; usted deberá obligarla.
—Bien, señor; ¡déme las órdenes y yo las cumpliré!