El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Enseguida voy a llamar a la puerta —continuó Dixmer—; Gilbert va a abrir; con este puñal, le mataré.
Geneviève tembló y Dixmer hizo un gesto con la mano para pedirle atención.
—En el momento en que yo llame —dijo—, usted se abalanzará a la segunda habitación, en la que está la reina. No hay puerta, usted lo sabe, solamente una mampara; usted cambiará sus ropas con ella mientras yo mato al segundo soldado. Entonces, tomo a la reina del brazo y paso el portillo con ella.
—Muy bien —dijo Geneviève frÃamente.
—¿Comprende? —continuó Dixmer—. Cada noche la ven a usted con ese mantón de tafetán negro que oculta su rostro. Póngale el mantón a Su Majestad y colóqueselo como usted tiene costumbre de llevarlo. Ya sólo me falta perdonarle y darle las gracias, señora.
Geneviève sacudió la cabeza con una frÃa sonrisa.