El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—No necesito su perdón ni su agradecimiento; lo que hago borrará un crimen y yo sólo he cometido una debilidad, y aun esta, casi me ha forzado usted a cometerla. Yo me alejaba de él y usted me arrojó en sus brazos; de manera que usted es el instigador, el juez y el vengador. Soy yo quien tiene que perdonarle mi muerte, soy yo quien tiene que agradecerle el que me quite la vida, porque la vida me es insoportable separada del hombre que amo.

—Se pasará la hora —dijo Dixmer—; cada segundo tiene su utilidad. Vamos, señora, ¿está usted preparada?

—Ya sé lo he dicho, señor —respondió Geneviève con la calma de los mártires—. Estoy esperando.

Dixmer recogió todos sus papeles, fue a ver si las puertas estaban bien cerradas para que nadie pudiera entrar en la oficina; luego quiso repetir sus instrucciones a su mujer.

—Es inútil, señor —dijo Geneviève—; sé perfectamente lo que tengo que hacer.

—Entonces, adiós.

Y Dixmer le tendió la mano, como si en ese momento supremo debiera borrarse todo recriminación ante la grandeza de la situación y lo sublime del sacrificio.

Geneviève, temblando, tocó la mano de su marido con la punta de los dedos.


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