El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—¡Geneviève!

La reina había dejado caer la lima y parecía anonadada. El carcelero cogió el barrote con ambas manos y tiró de él con todas sus fuerzas; pero el acero no había calado bastante y el barrote resistió.

Entretanto, Dixmer había empujado a Gilbert al calabozo, donde trataba de entrar él también. Sin embargo, sólo consiguió introducir el brazo. Los dos guardias empujaban con todas sus fuerzas y pedían ayuda; Dixmer notaba que estaban a punto de romperle el brazo; apoyó el hombro en la puerta, dio una violenta sacudida y consiguió sacarlo.

La puerta se cerró de golpe. Los guardias corrieron los cerrojos y echaron la llave mientras unos pasos se alejaban por el corredor; luego, oyeron el ruido que hacia el falso carcelero tratando de limar el barrote. Gilbert se precipitó a la prisión de la reina y Duchesne acudió a la ventana con la carabina en la mano; entonces, vio a un hombre enganchado a los barrotes y sacudiéndolos con rabia: le apuntó. El joven vio el cañón de la carabina bajar hacia él y le ofreció su pecho desafiante al tiempo que pedía la muerte.

—¡Caballero —gritó la reina—, viva, se lo suplico!

A la voz de María Antonieta, Maison-Rouge cayó de rodillas y la bala pasó por encima de su cabeza.


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