El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Gracias; ahora, escucha: este apartamento me es odioso y no quiero volver a él si no la encuentro. Si ella logra escapar y vuelve, coloca en tu ventana el jarrón japonés con las margaritas que tanto le gustaban; eso durante el dÃa; por la noche, pon un farol. Cada vez que pase por la calle, miraré; y hasta que no vea el jarrón o el farol, continuaré mis pesquisas.
Scévola le recomendó prudencia. Maurice no respondió, salió de la habitación y bajó las escaleras como si tuviera alas. Se dirigió a casa de Lorin y le contó lo sucedido, manifestándole sus sospechas de que Dixmer hubiera matado a Geneviève.
—No, querido amigo —dijo Lorin—; no la ha matado; no se asesina a una mujer como Geneviève después de tantos dÃas de reflexión. No; de matarla, lo hubiera hecho en el momento de encontrarla, dejando el cuerpo en tu casa como señal de venganza. No; él se la ha llevado consigo, feliz de haber recuperado su tesoro.
—Tú no le conoces. Ese hombre tenÃa algo funesto en la mirada.
—Te equivocas. Siempre me ha dado la impresión de un hombre valiente. La ha cogido para sacrificarla. Se hará detener con ella y los matarán juntos. Ahà está el peligro.
—¡La encontraré!, ¡la encontraré o moriré! —exclamó Maurice.