El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Maurice se tambaleó y cayó de espaldas en un sillón. Sus ojos se nublaron. Luego posó su vista en el ramo de violetas dejado por Geneviève. Se precipitó a cogerlo, lo besó; y luego, al observar el sitio donde había estado colocado, dijo:

—No cabe duda; estas violetas… son su último adiós.

Entonces se volvió y observó que la maleta estaba a medio hacer. A partir de ese momento se lo explicó todo, imaginándose la escena que se había desarrollado entre aquellas cuatro paredes. Hasta ese momento había estado abatido. Se levantó, cerró la ventana, cogió sus pistolas, examinó el fulminante y comprobó que se hallaba en buen estado, y se metió las armas en el bolsillo. Luego, se guardó en la bolsa dos cartuchos de luises y, tomando su sable, llamó a su criado y le dijo:

—Scévola, creo que me aprecias; nos has servido a mi padre y a mí desde hace quince años. Escucha, si esta señora que vivía aquí… Si vuelve, recíbela, cierra la puerta tras ella, coge esa carabina, apóstate en la escalera y no deje entrar a nadie. Si pretenden forzar la puerta, impídelo; pega, mata, y no temas nada; yo cargo con toda la responsabilidad.

El acento del joven y su vehemente confianza, electrizaron a Scévola.

—No sólo mataré —dijo—, sino que me dejaré matar por la ciudadana Geneviève.


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