El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Capítulo XLVI

El 14 de octubre de 1793, una multitud curiosa ocupaba desde la mañana las tribunas de la sala donde transcurrían, las sesiones revolucionarias.

Los pasillos del Palacio desbordaban de espectadores ávidos e impacientes. Los mejor situados contaban a sus vecinos lo que veían y oían, y estos se lo transmitían a otros.

Cerca de la puerta del tribunal, un grupo de hombres amontonados se disputaban unas líneas[25] de ancho o de alto, suficientes para ver un rincón de la sala y los rostros de los jueces o el de la acusada. Pero la estrecha entrada del pasillo a la sala estaba ocupada, casi por completo, por los anchos hombros y los brazos en jarras de un hombre. Este hombre inamovible era joven y guapo, y a cada empujón de la multitud sacudía su espesa cabellera, bajo la que brillaba una mirada sombría y resuelta. Cien veces había intentado atropellarle la masa compacta, ya que su alta estatura impedía ver nada, pero una roca no hubiera sido más inamovible que él.

Entretanto, al otro extremo de esta marea humana, otro hombre se había abierto paso con una perseverancia feroz; nada le había detenido en su infatigable progresión: ni los golpes, ni las imprecaciones, ni los lamentos.


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