El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Al fin llegó detrás del vigoroso joven que obstruÃa la entrada de la sala. Y en medio de la expectación general ensayó su método, que consistÃa en clavar los codos en los espectadores y deslizarse entre sus cuerpos, ya que era de pequeña talla. Apenas su codo rozó el costado del joven situado ante él, este se volvió y levantó un puño que amenazaba aplastar al temerario. Los dos antagonistas se encontraron cara a cara y gritaron al unÃsono. Acababan de reconocerse.
—Ciudadano Maurice —dijo el joven pequeño y frágil, con acento de inexpresable dolor—; déjeme pasar; déjeme ver. ¡Se lo suplico!, y después me matará.
Maurice, pues era él, se sintió invadido de ternura y admiración por este eterno devoto, por esta indestructible voluntad.
—¡Usted! —murmuró—. ¡Usted aquÃ, imprudente!
—SÃ; yo aquÃ. Pero estoy extenuado… ¡Oh! ¡Dios mÃo!, ¡ella habla!, ¡déjeme verla!, ¡déjeme oÃrla!
Maurice se apartó y el joven pasó ante él. Toda esta escena y los murmullos que ocasionó despertaron la curiosidad de los jueces. La acusada también miró hacia ese lado y reconoció al caballero. Algo como un temblor agitó a la reina.