El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Eso es precisamente lo que me trae a casa del ciudadano Girard —dijo el joven en voz alta, al tiempo que, pese a la oposición de la mujer, penetraba en la casa hasta la habitación del abate. Este, al verle, lanzó una exclamación de sorpresa.
—Perdón, señor cura —dijo el joven—; tengo que hablar a solas con usted de algo muy grave.
—Déjenos, Jacinthe —dijo el cura.
—Señor cura —dijo el desconocido, cuando se hubo retirado la mujer—. Antes de nada voy a decirle quién soy: soy un proscrito, un condenado a muerte que vive gracias a la audacia; soy el caballero de Maison-Rouge —el abate se sobresaltó de espanto—. No temáis nada —continuó el caballero—; nadie me ha visto entrar aquí; y los que me hubieran visto, no me reconocerían: he cambiado mucho en los dos últimos meses.
El sacerdote le preguntó qué quería.
—Sé que va usted a la Conserjería para atender a una persona condenada a muerte —respondió el joven—; esta persona es la reina. Le suplico que me deje entrar con usted hasta llegar a Su Majestad.
—¡Usted está loco! —exclamó el abate—. ¡Usted me pierde y se pierde a sí mismo!