El caballero de la casa roja

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La reina volvió a pedirle que entregara sus cabellos a sus hijos. Sansón no contestó, y Gilbert dijo que lo intentaría él.

—Venía para cortarle el cabello —dijo Sansón—; pero, puesto que ya está hecho, puedo dejarla sola un instante si lo desea.

—Se lo ruego, señor —dijo la reina—; porque tengo necesidad de recogerme y rezar.

Sansón salió; la reina se arrodilló en una silla baja que le servía de reclinatorio y se puso a rezar.

Entretanto, en el presbiterio de la iglesia de Saint-Landry, el cura de la parroquia se disponía a desayunar cuando llamaron violentamente a la puerta.

El abate Girard había prestado juramento a la Constitución, aceptando la fraternidad del régimen republicano y no tenía nada que temer. Así que ordenó a su ama de llaves que fuera a abrir. La mujer acudió a la puerta, descorrió el cerrojo y se encontró con un joven muy pálido y agitado, que preguntaba por el sacerdote.

—No se le puede ver, ciudadano; está leyendo su breviario.

—En ese caso esperaré —replicó el joven.

La mujer le dijo que esperaría en vano, porque el sacerdote tenía que ir a la Conserjería, de donde le habían llamado.

—¡Entonces, es verdad! —murmuró el joven poniéndose lívido.


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