El caballero de la casa roja

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Capítulo XLVII

Al llegar a su calabozo, al salir del tribunal, la reina había pedido unas tijeras, había cortado sus largos y hermosos cabellos, los había envuelto en un papel y había escrito en este:

Para repartir entre mi hijo y mi hija.

Luego se dejó caer en una silla, y deshecha por la fatiga (el interrogatorio había durado dieciocho horas) se durmió.

A las siete, se despertó sobresaltada al oír un ruido, y vio a un hombre que le era completamente desconocido y que dijo llamarse Sansón. Al oír el nombre, la reina se estremeció ligeramente y se puso en pie, diciéndole que llegaba muy temprano. El hombre contestó que tenía orden de hacerlo ya que debía cortarle el cabello. La reina señaló los suyos, sobre la mesa, y le dijo que le había ahorrado ese trabajo, pidiéndole que se los entregara a sus hijos.

—Señora —dijo Sansón—, eso no me compete.

—Sin embargo, yo había creído…

—Mi obligación es despojar a las… personas… de sus ropas, sus joyas, siempre que me las den voluntariamente; por otra parte, todo esto va a la Salpetriere[26] y a los pobres de los hospitales; una orden del comité de salud pública ha regulado las cosas así.


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