El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Te lo repito, Maurice: tú te alucinas. Incluso, si fuera necesario que salvaras a Geneviève no serÃas mal ciudadano. Pero basta: aquà se nos oye y la austrÃaca llega.
En efecto, la carreta apareció por la calle Saint-Honoré. A derecha e izquierda relucÃan las armas de la escolta, ante la cual, Grammont correspondÃa con los resplandores de su sable a los gritos de algunos fanáticos.
Pero, a medida que avanzaba la carreta, los gritos se apagaban súbitamente bajo la mirada frÃa y sombrÃa de la condenada.
Indiferente a las exhortaciones del abate Girard, MarÃa Antonieta no movÃa la cabeza ni a derecha ni a izquierda, y su pensamiento parecÃa tan inmutable como su mirada; la violencia de los bruscos movimientos de la carreta sobre el desigual adoquinado, hacÃa resaltar la rigidez de su porte.
En el lugar donde estaban Maurice y Lorin, no tardó en oÃrse el chirriar de los ejes y resoplar de los caballos.
La carreta se detuvo al pie del cadalso. La reina, que no pensaba en este momento, volvió en sà y comprendió; extendió su mirada altanera sobre la multitud y vio, subido en un mojón y enviándole el mismo saludo respetuoso, al mismo joven pálido que viera a la salida de la ConsejerÃa.