El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —No lo creo. Ya ves que tenemos que permanecer en la calle para que no nos detengan en casa.
—¡Bah! Podemos irnos de ParÃs, nada nos lo impide. No nos lamentemos. Mi tÃo nos espera en Saint-Omer; tenemos dinero y pasaportes. Nos quedamos aquà porque queremos.
—Eso que dices no es cierto… Tú permaneces aquà porque yo quiero quedarme —dijo Maurice.
—Y tú quieres quedarte para encontrar a Geneviève; ¿hay algo más simple, justo y natural?
Maurice suspiró y su pensamiento tomó otro rumbo.
—Hoy es un dÃa triste para el pobre Maison-Rouge —murmuró.
—Maurice, ¿quieres que te diga lo que me parece más triste de las revoluciones? Que a menudo se tiene por enemigos a quienes se quisiera tener por amigos, y por amigos a quienes…
—Me da miedo pensar que el caballero invente algún plan insensato para salvar a la reina —le interrumpió Maurice.
—¿Un hombre contra cien mil?
—Ya te lo he dicho: un plan insensato… Yo sé que para salvar a Geneviève…