El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja En la plaza de la Revolución, Lorin y Maurice esperaban apoyados en un farol, hablando en voz baja.
Maurice no podÃa soportar la idea de que se matara a las mujeres.
—Maurice, hijo de la Revolución —dijo Lorin—, no reniegues de tu madre. La que va a morir no es una mujer como las demás: es el genio maléfico de Francia.
—¡No es a ella a quien lloro! —dijo Maurice.
—Comprendo: es a Geneviève.
—Hay un pensamiento que me vuelve loco: que Geneviève está en manos de los proveedores de la guillotina llamados Hebert y Fouquier-Tinville, que han enviado aquà a la pobre Héloïse y a la orgullosa MarÃa Antonieta.
—Espero que la cólera del pueblo se sienta satisfecha tras devorar a los dos tiranos y no engulla a nadie más en algún tiempo —dijo Lorin.
—Lorin —dijo Maurice—, yo soy más positivo que tú, y te lo digo en voz baja, dispuesto a repetÃrtelo en alto: Lorin, yo odio a la nueva reina, la que parece destinada a suceder a la austrÃaca que va a destruir. Es una reina triste cuya púrpura está hecha con sangre cotidiana, y que tiene a Sansón por primer ministro.
—¡Bah!, nosotros nos escaparemos de ella.