El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Resonó un grito terrible que resumÃa todos los ánimos: alegrÃa, espanto, duelo, esperanza, expiación; el grito cubrió como un huracán un débil lamento que, en el mismo instante resonó en el cadalso.
La multitud se extendió como en rÃo, dispersó a los guardias y como una marea fue a golpear contra los pies del cadalso, haciéndole tambalearse.
Todo el mundo querÃa ver de cerca los restos de la realeza, a la que se creÃa destruida en Francia para siempre.
Pero los guardias buscaban a un hombre que habÃa sobrepasado sus lÃneas, deslizándose bajo el cadalso.
Dos de ellos volvieron llevando por el cuello a un joven cuya mano apretaba contra su corazón un pañuelo empapado de sangre.
Le seguÃa un perrito pachón que ladraba lastimosamente.
—¡Muerte al aristócrata! —gritaron algunos hombres señalándole.
—¡Dios mÃo!, ¿le reconoces? —preguntó Maurice a Lorin.
—¡Muerte al realista! —repetÃan frenéticos—. Quitadle el pañuelo, quiere hacerse con él una reliquia: arrancádselo, arrancádselo.