El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja En los labios del joven bailó una sonrisa orgullosa; se desgarró la camisa y dejó caer el pañuelo. Una herida profunda y brillante apareció bajo su tetilla izquierda. La multitud lanzó un grito y retrocedió. El joven se dobló lentamente y cayó de rodillas, mirando al cadalso como un mártir al altar.
—¡Maison-Rouge! —murmuró Lorin al oído de Maurice.
El joven expiró en medio de los guardias estupefactos.
—Aún se puede hacer algo, antes de convertirse en un mal ciudadano —dijo Maurice.
El perrito, asustado y ladrando, daba vueltas alrededor del cadáver; un hombre que llevaba un grueso bastón, le reconoció y le llamó por su nombre; el perro acudió a su lado; el hombre levantó su bastón, y le destrozó la cabeza, al tiempo que reía estrepitosamente.
—¡Miserable! —exclamó Maurice.
—¡Silencio! —murmuró Lorin—. Silencio o estamos perdidos; es Simon.