El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja El escribano del palacio padeció espantosos temores cuando se descubrió el complot de Dixmer. Sabía que podía aparecer como cómplice de su falso colega y ser condenado a muerte. Fouquier-Tinville le llamó, y el hombre sólo pudo demostrar su inocencia gracias a la declaración de Geneviève, la huida de Dixmer y el interés del propio Fouquier por conservar a su administración limpia de cualquier mancha.
—Ciudadano —había dicho el escribano—, me he dejado engañar como un animal.
—Un empleado de la nación que se deja engañar en estos tiempos, merece ser guillotinado —había contestado Fouquier—. Animal o no, nadie se debe adormecer en su amor por la República. Te perdono porque no quiero que ningún empleado mío sea sospechoso. Pero acuérdate que la mínima palabra que oiga sobre este asunto, será tu condena de muerte.
El escribano buscó a Dixmer por todas partes para recomendarle silencio; pero Dixmer había cambiado de domicilio y no le pudo encontrar.
El día en que juzgaban a Geneviève, Dixmer apareció en la oficina del palacio. El escribano se quedó petrificado como si viera a un espectro.
—¿No me reconoces? —preguntó Dixmer.
—Sí; eres el ciudadano Durand, o mejor dicho, el ciudadano Dixmer. Pero ¿estás muerto?