El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Al oír el grito de Geneviève, Maurice comprendió que comenzaba la lucha. Abarcó toda la escena con la mirada, y con el pensamiento se imaginó lo que iba a seguir.
En medio de la sala, un cadáver al que un guardia se apresuraba a sacar el cuchillo del pecho, temiendo que otros pudieran utilizarlo.
Alrededor suyo, unos hombres mudos de desesperación: escribían o se estrechaban la mano unos a otros; unos repetían sin pausa un nombre querido, o mojaban con sus lágrimas un retrato, un anillo, un mechón de cabellos; otros vomitaban furiosas imprecaciones contra la tiranía.
En medio de todos estos infortunios, Sansón, más abrumado por su lúgubre oficio que por sus cincuenta y cuatro años; Sansón, tan dulce y consolador como su misión le permitía ser, daba a cada uno un consejo y encontraba palabras para responder a la desesperación y a la bravata.