El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Maurice abrió los ojos y vio las calles fangosas y mal pavimentadas, guarnecidas de vallas, cortadas por puentecillos mal colocados sobre un arroyo. Era la miseria en todo su horror. Acá y allá un jardín cercado por vallas y empalizadas de varas, alguno por muros; pieles secándose y expandiendo ese olor de curtiduría que subleva al corazón. Maurice buscó durante dos horas y no encontró nada, aunque volvió diez veces sobre sus pasos para orientarse. Todas sus tentativas fueron inútiles, todas sus indagaciones infructuosas. Las huellas de la joven parecía que hubieran sido borradas por la niebla y la lluvia.

«Yo he soñado —se dijo Maurice—. Esta cloaca no puede haber servido de refugio, ni por un momento, a mi hermosa hada de esta noche».

Había en este bravo republicano una poesía mucho más real que en su amigo de los cuartetos anacreónticos, pues se concentró en esta idea para no empañar la aureola que iluminaba la cabeza de su desconocida.

«¡Adiós! —dijo—, bella misteriosa. Me has tratado como a un necio o a un niño. En efecto, ¿hubiera venido aquí conmigo, si viviera aquí? ¡No!, se ha limitado a pasar por aquí como un cisne por un pantano infecto, y su huella es tan invisible como la del pájaro en el aire».


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