El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Uno de los municipales se aproximó a la que leía, le arrebató brutalmente el libro y lo arrojó en medio de la habitación. La prisionera cogió otro volumen de la mesa y continuó la lectura.

El montañés hizo un gesto furioso para arrancarle el segundo volumen como había hecho con el primero, pero la muchachita se abalanzó, rodeó con sus brazos la cabeza de la lectora y murmuró llorando:

—¡Ah, pobre madre mía! Entonces la prisionera acercó la boca a la oreja de la jovencita, como para besarla y dijo:

—Marie, hay una nota escondida en la boca de la estufa; sácala.

El municipal las separó y la jovencita le preguntó si la Convención había prohibido a los hijos abrazar a las madres.

—No; pero ha decretado que se castigará a los traidores, a los aristócratas y a los de arriba. Por eso estamos aquí, para interrogar. Veamos, María Antonieta, responde.

La interpelada no se dignó mirar a su interrogador y guardó un obstinado silencio. Ante la insistencia de Santerre, la prisionera tomó de la mesa un tercer volumen.


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