El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Santerre dio media vuelta. El brutal poder de este hombre que mandaba sobre 80 000 hombres, que sólo había necesitado un gesto para acallar la voz del moribundo Luis XVI, se estrellaba contra la dignidad de una pobre prisionera, cuya cabeza podía hacer caer, pero a la que no podía doblegar.

—Y usted, Elisabeth —dijo a la otra mujer—. Responda.

—No sé qué me pregunta, por tanto no puedo responderle.

—¡Voto a tal!, ciudadana Capeto —dijo Santerre impacientándose—. Está claro lo que digo: ayer hubo una tentativa para liberarla y usted tiene que conocer a los culpables.

—No tenemos ninguna comunicación, señor; por tanto no podemos saber lo que se hace por o contra nosotros.

—Está bien, veremos lo que dice tu sobrino.

Santerre se aproximó al lecho del delfín. María Antonieta se levantó y le advirtió que el niño estaba enfermo, pero siguió sin contestar a las preguntas del municipal. Entonces este despertó al niño y los hombres rodearon el lecho y la reina hizo una seña a su hija, que aprovechó el momento para deslizarse a la habitación contigua, abrir una de las bocas de la estufa, sacar la nota, quemarla, volver a la habitación y tranquilizar a su madre con una mirada.


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