El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Al cerrarse la puerta tras los municipales, las tres mujeres guardaron un silencio desesperado, roto solamente por algunos sollozos. La reina fue la primera en romperlo para preguntar a su hija por la nota, y al saber que esta la habÃa quemado sin leerla, dijo:
—Pero, al menos, habréis visto la letra.
—SÃ, madre; un momento.
La reina se levantó, miró a la puerta para saber si eran observadas, cogió una horquilla, se aproximó a la pared, sacó de una grieta un papelito doblado y se lo enseñó a su hija, preguntándole si la letra era la misma.
—SÃ, madre —exclamó la princesa—; ¡la reconozco!
—¡Alabado sea Dios! —exclamó la reina con fervor, cayendo de rodillas—. Si ha podido escribir esta mañana es que está a salvo. Gracias, Dios mÃo; un amigo tan noble, bien merece tus milagros.
La princesa preguntó a su madre de quién hablaba, para poder encomendarle a Dios en sus oraciones.