El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Y el burgués, saludando graciosamente a Maurice, avanzó algunos pasos y entró en una casa de la antigua calle Saint-Jacques. El zapatero insistió en el mismo argumento que el burgués y volvió a su cuchitril.
Sólo quedaban algunos minutos de claridad diurna y Maurice los aprovechó para meterse por el primer callejón y enseguida por otro; allí examinó cada puerta, exploró cada rincón, miró por encima de cada valla, se alzó sobre cada muro, echó una ojeada al interior de cada reja, por el agujero de cada cerradura, llamó en algunos almacenes desiertos sin obtener respuesta, empleando más de dos horas en esta búsqueda inútil.
Sonaron las nueve. Era noche cerrada: no se oía ningún ruido. De pronto, al volver una calle estrecha, vio brillar una luz y se internó por la sombría calleja, sin advertir la repentina desaparición tras una pared, de una cabeza que no le perdía de vista desde hacía un cuarto de hora.
Unos segundos después, tres hombres salían por una puertecita practicada en la pared y se encaminaban tras los pasos de Maurice, mientras otro hombre cerraba cuidadosamente la puerta.