El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Recorrió la calle Saint-Victor y la Vieille-Saint-Jacques, leyendo todos los nombres escritos en el entrepaño de cada puerta. Se encontraba en la centésima casa, sin la menor pista de su desconocida, cuando un zapatero, viendo la impaciencia pintada en su rostro, abrió su puerta, salió y mirándole por encima de las gafas le preguntó si querÃa algún informe sobre los inquilinos de la casa, estaba dispuesto a contestarle y conocÃa a todo el mundo en el barrio. Maurice le dijo que buscaba a un amigo curtidor llamado René.
—En ese caso —dijo un burgués que acababa de detenerse allà y que miraba a Maurice con cierta sencillez, no exenta de desconfianza—, lo mejor es dirigirse al patrón.
El zapatero corroboró las palabras del burgués, que se llamaba Dixmer y era director de una curtidurÃa con más de cincuenta obreros y, por tanto, podrÃa informar a Maurice; este se volvió al burgués, que era un hombre alto, de rostro plácido y llevaba un traje de una riqueza que denunciaba al industrial opulento.
El burgués le dijo que era necesario saber el apellido del amigo que buscaba, y Maurice aseguró que no lo sabÃa.
—¡Cómo! —dijo el burgués, con upa sonrisa en la que se transparentaba más ironÃa de la que querÃa dejar traslucir—. En ese caso es probable que no le encuentres.