El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Transcurrió un cuarto de hora que le pareció un siglo. Comprendió que le habían dejado solo y trató de romper sus ligaduras: sus músculos de acero se tensaron y la cuerda se le hundió en la carne, pero no se rompió. Lo más terrible era tener las manos atadas a la espalda y no poder arrancarse la venda. Si pudiera ver, tal vez podría huir.
Sus pies pisaban algo mullido y silencioso, arena quizás, y un olor acre y penetrante llegaba a su olfato denunciando la presencia de sustancias vegetales. Pensó que estaba en un invernadero o algo parecido. Dio algunos pasos, tropezó con una pared, se volvió para tantear con las manos y tocó unos útiles de labranza. Lanzó una exclamación de alegría. Con grandes esfuerzos exploró todos los instrumentos en busca de uno cortante. Encontró un azadón.
Dada la forma en que estaba atado tuvo que luchar mucho para dar la vuelta al azadón, de manera que el hierro quedara para arriba y, sujetándolo con los riñones contra la pared, segar la cuerda que le ataba las muñecas. El hierro del azadón cortaba lentamente. El sudor le corría por la frente. Escuchó como un ruido de pasos que se aproximaban, hizo un esfuerzo y la cuerda, medio segada, se rompió.