El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Lanzó un grito de alegría al tiempo que se arrancaba la venda de los ojos. Al menos, estaba seguro de morir defendiéndose.
No se había equivocado mucho: el lugar donde se encontraba no era un invernadero, sino una especie de pabellón donde se guardaban algunas plantas carnosas, de las que no pueden pasar el invierno a la intemperie. Frente a él había una ventana: se acercó a ella, pero tenía rejas y un hombre, armado de una carabina, hacía guardia ante ella.
Al otro lado del jardín, a treinta pasos de distancia aproximadamente, se alzaba un quiosquillo que formaba pareja con el que ocupaba Maurice; tenía la celosía bajada, pero a través de ella brillaba una luz. Se aproximó a la puerta y escuchó los pasos de otro centinela.
Al fondo del corredor se oían voces confusas, de las que sólo pudo distinguir claramente las palabras: espía, puñal, muerto.
Maurice redobló su atención. Se abrió una puerta y pudo oír más claramente: una voz opinaba que era un espía y los denunciaría en cuanto se viera libre y, aunque no supiera quiénes eran, conocía la dirección y volvería con más gente para prenderles. Por fin se pusieron de acuerdo y decidieron matarle. Al oírlo, a Maurice se le heló el sudor que le corría por la frente. Una de las voces advirtió: