El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Va a chillar. ¿Al menos han alejado a la señora Dixmer?
Maurice empezó a comprender dónde se hallaba: estaba en casa del maestro curtidor que le habÃa hablado en la antigua calle Saint-Jacques; pero no comprendÃa qué interés podÃa tener este hombre en su muerte.
Saltó hacia el azadón y, con él en la mano, se situó junto a la puerta de forma que esta le cubriera al abrirse.
Una voz aconsejó matarle de un tiro y Maurice sintió un escalofrÃo correrle de pies a cabeza.
—Nada de explosiones —dijo otra voz—. Eso podrÃa delatarnos. ¡Ah! Dixmer, ¿y su esposa?
—Acabo de verla por la celosÃa; no sospecha nada, lee.
—Dixmer, usted puede ayudarnos a decidir: ¿qué le parece mejor: un tiro o una puñalada?
—Un tiro, ¡vamos!
—¡Vamos! —repitieron cinco o seis voces al mismo tiempo.
Los pasos se aproximaron y se detuvieron ante la puerta, la llave rechinó en la cerradura y la puerta se abrió lentamente. Maurice se dijo que si se entretenÃa golpeando le matarÃan; lo mejor era precipitarse sobre los asesinos y sorprenderlos, para tratar de alcanzar el jardÃn y la calle.