El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Al abrirse la puerta, lanzó un grito salvaje, que tenía más de amenaza que de terror, derribó a los dos primeros hombres, apartó a los otros y en un segundo franqueó diez toesas[7] gracias a sus piernas de acero; al fondo del corredor vio abierta una puerta que daba al jardín: se lanzó por ella, saltó diez escalones y, orientándose lo mejor que pudo, corrió hacia la puerta, que estaba cerrada con llave y dos cerrojos.

Maurice descorrió los cerrojos e intentó abrir la cerradura. Entretanto, sus perseguidores habían llegado a la escalinata y le vieron.

—¡Ahí está! —gritaron—; tire, Dixmer, tire, mátelo. Maurice lanzó un rugido; estaba encerrado en el jardín; miró a las paredes y calculó que tendrían diez pies de altura. Los asesinos se lanzaron en su persecución, pero les llevaba treinta pasos de ventaja. Miró a su alrededor y percibió el quiosco, la celosía y la luz. Dio un salto de diez pies, cogió la celosía y la arrancó; pasó a través de la ventana, rompiéndola, y cayó en una habitación iluminada donde una mujer leía junto al fuego.

La mujer se levantó espantada, pidiendo socorro.

—Apártate, Geneviève —gritó Dixmer—; apártate, que le mato.


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