El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Maurice vio a diez pasos el cañón de una carabina apuntándole. Pero la mujer, apenas vio a Maurice, lanzó un grito y, en vez de apartarse como le ordenaba su marido, se interpuso en la trayectoria del disparo. Maurice se fijó en ella y también lanzó un grito: era la tan buscada desconocida, que le ordenó silencio y, volviéndose hacia los asesinos, que se acercaban a la ventana con diferentes armas en la mano, dijo:
—No le mataréis.
Dixmer dijo que era un espía, pero la mujer le pidió que se aproximara y le dijo algo al oído, luego se volvió a Maurice y le tendió la mano sonriendo, mientras Dixmer posaba en tierra la culata de su carabina y sus rasgos tomaban una singular expresión de mansedumbre y frialdad. Luego, hizo una señal a sus compañeros para que le siguieran, se alejó con ellos algunos pasos y, tras hablarles, se alejaron todos.
—Esconda esa sortija —murmuró Geneviève—, aquí la conocen todos.
Maurice se quitó la sortija y la escondió en su chaleco. Un momento después se abrió la puerta del pabellón y entró Dixmer.