El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Ciudadano —dijo a Maurice—, le pido perdón por no haber sabido lo mucho que le debo. Mi esposa, aunque recordaba el favor que le hizo usted el diez de marzo, habÃa olvidado su nombre. De haber sabido quién era usted, no hubiéramos puesto en duda su honor ni sus intenciones.
Maurice preguntó por qué querÃan matarle y Dixmer explicó que en su fábrica de curtidos empleaba ácidos adquiridos de contrabando. Al verle indagando, habÃan temido una delación y decidieron matarle. Dixmer y su socio, el señor Morand, estaban ganando una fortuna gracias al presente estado de cosas. La municipalidad no tenÃa tiempo para verificar minuciosamente las cuentas y los materiales de contrabando les producÃan un beneficio del doscientos por cien.
—¡Diablo! —exclamó Maurice—. Me parece un beneficio muy honesto y comprendo su temor a que una denuncia mÃa terminara con él.
Dixmer le pidió su palabra de no decir nada del asunto y le rogó que le explicara lo que hacÃa por allÃ, advirtiéndole que era perfectamente libre para callar, si asà lo deseaba.
Maurice dijo que buscaba a una mujer que vivÃa en ese barrio, pero de la que ignoraba el nombre, la situación y el domicilio.
—Sólo sé que estoy locamente enamorado —dijo—, que es baja…