El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Geneviève era alta.

—Que es rubia y con aire desenvuelto…

Geneviève era morena y con grandes ojos soñadores.

—En fin, una obrera…; y para agradarle me he puesto esta ropa popular.

Dixmer dijo que todo estaba claro y Geneviève se sintió enrojecer y dio media vuelta.

—Pobre ciudadano Lindey —dijo Dixmer, riendo—; qué mal rato le hemos hecho pasar, y usted es el último a quien hubiera querido hacer daño; ¡un patriota tan excelente, un hermano!… pero, la verdad: creía que algún malintencionado usurpaba su nombre.

—No hablemos de eso —dijo Maurice—, indíqueme el camino para salir de aquí y olvidemos…

Pero Dixmer se opuso a sus intenciones: esa noche daban una cena, él y su socio, a los valientes que habían querido asesinar a Maurice y deseaba que él mismo comprobara que no eran tan canallas como parecían. Maurice no se decidía a aceptar la proposición.

Geneviève le miró tímidamente y dijo:

—Se lo ofrecemos de todo corazón.

—Acepto, ciudadana —respondió Maurice, inclinándose.

Dixmer dijo que iba a comunicárselo a sus compañeros y salió, dejando solos a Maurice y Geneviève.


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