El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —¡Ah, señor! —dijo la joven, con un acento al que inútilmente trataba de dar un tono de reproche—; usted ha faltado a su palabra, ha sido indiscreto.
—¡Cómo, señora! —exclamó Maurice—. ¿La he comprometido? En ese caso, perdóneme, me marcho, y jamás…
—¡Dios! —exclamó ella, levantándose—. ¡Está herido en el pecho! ¡Su camisa está llena de sangre!
—¡Oh!, no se inquiete, señora; uno de los contrabandistas me ha pinchado con su puñal.
Geneviève palideció, y tomándole la mano:
—Perdóneme —murmuró— el mal que se le ha hecho; usted me ha salvado la vida y yo he podido ser la causa de su muerte.
—¿No es bastante recompensa haberla vuelto a encontrar? Porque, ¿no habrá creÃdo que buscara a otra que no fuera usted?
—Venga conmigo —le interrumpió Geneviève—, le daré ropa limpia… Es preciso que nuestros invitados no le vean en ese estado: serÃa hacerles un reproche terrible.