El caballero de la casa roja

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A su pesar, Maurice tembló al oír el timbre de esta voz. Había reconocido al hombre que le había clavado su cuchillo y había votado por su muerte. Sin embargo, este hombre despertó enseguida el buen humor de Maurice al expresar las ideas más patrióticas y los principios más revolucionarios. El hombre se asombraba de que se confiara la custodia de los prisioneros del Temple a un consejo permanente, fácil de corromper, y a los municipales, cuya fidelidad había sido tentada más de una vez.

—Sí —dijo el ciudadano Morand—, pero es preciso destacar que, hasta el presente, la conducta de los municipales ha justificado la confianza que la nación ha depositado en ellos, y la historia dirá que sólo el ciudadano Robespierre merece el nombre de incorruptible.

El hombre que había hablado antes, al cual había presentado Dixmer como jefe de su taller, replicó que si algo no había sucedido todavía era absurdo pensar que no pudiera ocurrir nunca y como todas las secciones se turnaban para hacer servicio en el Temple, era posible que en una compañía existiera un grupo de ocho o diez hombres osados que una noche degollaran a los centinelas y libertaran a los prisioneros.

Maurice dijo que ese no era un buen plan, ya lo habían intentado tres o cuatro semanas antes y no había dado resultado.


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