El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja La víspera, 9 de marzo, había tenido lugar en la Convención una de las sesiones más borrascosas: todos los oficiales habían recibido la orden de incorporarse a sus regimientos a la misma hora; y Danton, subiendo a la tribuna, había exclamado: «¿Decís que faltan soldados? Ofrezcamos a París una ocasión de salvar a Francia, pidámosle treinta mil hombres, enviémoslos a Dumouriez, y no sólo Francia estará salvada, sino Bélgica asegurada y Holanda conquistada».
La proposición había sido acogida con gritos de entusiasmo. En todas las secciones se habían establecido oficinas de alistamiento. Los espectáculos se habían cerrado para impedir cualquier distracción y la bandera negra había sido izada en la alcaldía en señal de alarma.
Antes de medianoche se habían inscrito treinta y cinco mil hombres; pero al inscribirse, igual que en las jornadas de septiembre, los voluntarios habían pedido que, antes de su partida, se castigara a los traidores.
Los traidores eran los contrarrevolucionarios, los conspiradores que amenazaban desde dentro a la Revolución amenazada desde fuera. Pero la palabra tomaba toda la amplitud que querían darle los partidos extremistas. Los traidores eran los más débiles. Y los montañeses[1] decidieron que los traidores serían los girondinos.